Protocolo
de un Viaje
Días antes de salir de Chile tuve un sueño. Estaba en el aeropuerto de Brasilia y
una situación extraña demoraba mi salida, aunque no pasaba a mayores. Fue un
presagio. Solo recuerdo de la imagen onírica que yo estaba en la zona donde se
retiran las maletas en el subsuelo del aeropuerto de Brasilia.
Haciéndose
cargo el tiempo del cumplimiento premonitorio, al llegar a Brasilia, extravíe
mi Tablet, y fue en el aterrizaje, en el aeropuerto de Brasilia. Pero, para que
se queden en la quietud y no cultivar la ansiedad, les cuento desde ya, que lo
interesante no es que lo extraviara, sino más bien la secuencia de cómo lo
recuperé.
Al
llegar a Brasil, estuve preocupada porque al salir de Sao Paulo después de tres
horas de espera en el aeropuerto de Guarulhos, no había conseguido enviar las
últimas coordenadas de llegada a Brasilia a mis amistades. Ustedes saben, los
vuelos a veces cambian de horario y se atrasan más de lo esperado. Además, el
servicio de atención de la red de Internet abierta en estos espacios, “no
lugares” ha cambiado bastante; en los últimos años, se ha comercializado cada
vez más, al punto que la gratuidad en la actualidad, se reduce a una hora. Luego
de ese corto periodo de tiempo se tiene que pagar.
Ahora,
y en relación con los aeropuertos de Brasil, es conveniente decir que, Brasilia
tiene aeropuerto internacional porque es la capital sede del poder político,
sin embargo, históricamente las entradas internacionales han sido vía Sao Paulo
o vía Río de Janeiro. Ahí se hacen las escalas para después tomar el vuelo
llamado doméstico.
Hechas
ambas aclaraciones, y volviendo al viaje propiamente tal, mientras ocurría este
tiempo de tránsito en mi caso, en el aeropuerto de Sao Paulo, mi mente estaba por
una parte en el cálculo de batería del Tablet/celular que uso, el tiempo de Internet
de la red que ya comenté, y ambas, asociadas al deseo de tener un tiempo para la
lectura del libro "la esencia de la compasión" de Dilgo Khyentse
Rinpoche. Así que, en la ejecución de esa línea de comportamiento, una vez que
ya hube dejado las maletas listas, y hecho el embarque en el lugar señalado, manipulé
el aparato con el objetivo de cerrarlo, guardarlo, y así, ubicarme en otro
lugar, para luego sentarme y disponerme al encuentro con la lectura.
Lo
que sucede es que, los aeropuertos son como "no-lugares". "No-lugares"
por donde los ciudadanos transitamos buscando, aunque sea por algunos instantes
un lugar, un domicilio, una ubicación. Y
esos lugares o domicilios dentro de este “gran no-lugar que son los aeropuertos”,
fueron para mí en ese momento: una silla
confortable y espaciosa que me permitiera abrir un libro y avanzar en una, dos o
tres páginas.
En
verdad, lo espacioso aquí además era un cierto retiro de las personas
circulantes, de los niños, y del bullicio en general que tienen los aeropuertos
con sus comunicados de idas y venidas. Cierto, el bullicio era aquí: las conversaciones,
los intercambios comunicacionales por celular, o entre las personas, que
viajan. Y, porque al fin de cuentas debo decirlo, abrir un libro para leer
también se ha transformado en un acto solitario, un lugar de un encuentro íntimo
con un autor, que en la proyección es una misma.
Bueno,
por todos esos detalles, repito: apagué el celular y solo volví a conectarlo al
momento de hacer el tránsito para ir al avión propiamente tal, es decir, al
momento de hacer la revisión del ticket de vuelo a Brasilia, la conexión interna
nacional, y subir al bus que lleva a ese avión. Como pueden imaginar, en ese
trayecto, no conseguí anexar la máquina a la red wi fi de Internet. Ni el bus,
ni el avión me daban esa posibilidad, una vez fuera del edificio
"formal" del aeropuerto. Así que, no pude avisar el horario exacto de
mi llegada. El libro y la lectura me habían tomado más tiempo del que era
posible.
En
fin, tenía claro que - al llegar al aeropuerto Juscelino Kubisheck de Brasilia-,
lo primero que debía hacer era buscar conexión vía WhatsApp para enviar los mensajes que se habían
quedado pendientes y revisar los últimos que me habían enviado para concretizar,
mapear, las coordenadas de llegada. Entonces, tenía que hacer todo lento para
ir dando tiempo a que los acontecimientos se acomodaran en la vida real. Y fue
justamente esa acomodación, lo que generó un despliegue de prácticas cuyas
conexiones fueron insólitas. O especiales.
Por cierto, al llegar y entrar en el edificio conseguí la conexión de Internet y avisé de mis coordenadas. Recibí un retorno de mensajes de mis amistades confirmándome que todo estaba bien encaminado. Ya estaban en camino para llegar a buscarme. Entonces, como era de esperar, me relajé, y me di, otra vez, más tiempo para llegar al terminal de salida del equipaje, y para ir a buscar mi propia maleta. Me di más tiempo para transitar por el "no-lugar", antes de dejarlo.
Es
decir, en términos de prácticas, primero hice todas las conexiones por Internet,
después cerré las conexiones para asegurar batería y red de Internet, después caminé
en dirección a la búsqueda del equipaje, respiré mi llegada, sentí lenta las
emociones, y luego fui caminando tranquila hacia ese "estacionamiento"
donde se me proponía comenzar a recuperar mi lugar en el mundo a través del
acto de devolución de "mi" equipaje. Sin embargo, antes de llegar a
ese otro no-lugar, también fui al baño.
Esto
es como decir que un aeropuerto como un "no-lugar en general", tiene
"no-lugares más pequeños" con variados dislocamientos de posibilidades.
Y
bueno, como me di más tiempo para caminar por el no-lugar de tránsito hacia el
estacionamiento de equipaje y hacia el baño, cuando llegué a buscar mi maleta,
ya había sido retirada de la circunvalación giratoria automatizada y tuve que
ir para su requerimiento “al no-lugar donde comienzan a apilar precisamente los
equipajes que no son retirados a tiempo". Ahí en ese no-lugar encontré mi
maleta, y mostré el ticket a las personas de seguridad del sector. Sin antes
preguntar varias veces por " la ubicación del "no lugar" del
equipaje" porque no aparece señalado dentro del "no-lugar
general".
Interesante
darse cuenta como el “no-lugar general”, crea zonas o áreas de no-lugares más
específicas para los objetos que se pierden o demoran en encontrar su lugar.
Fui
hacia la puerta de salida y vi a mi amigo. Así que ni me recordé del Tablet/celular.
En ese momento no lo necesitaba. Y por eso mismo entonces, se generó un choque
de recuperación de circunstancias fuertes de intensidad que provocaron ese deslizamiento
de la atención.
Me
encontré con mis amistades, nos dimos unos lindos y maravillosos abrazos de re
encuentro y comenzamos a construir el lugar de las conversaciones, los afectos,
las emociones.
Llegamos
a casa y continuamos en esa celebración de mirarse, preguntarse con la mirada
por los detalles de estos dos años. Y en eso estaba, hablando de la partida de mi
madre en su viaje de este mundo, detenida en ese tiempo, un "otro no-lugar
como la muerte", cuando al volver al presente para buscar dar noticias a
Chile, situada ya desde un lugar, descubro
que el Tablet/celular no está entre mis objetos "más personales de uso".
Fue
toda una circunstancia de volver de un "no-lugar" a un "lugar"
y transitar para "un no-lugar" de nuevo. Pues bien, mis amigos me
ayudan y llamamos al aeropuerto, al servicio de objetos perdidos, para ver si podíamos
volver a dar con el aparato. Y efectivamente, logramos visualizar el objeto en el
“no-lugar especializado de objetos perdidos”.
Sin
embargo, el detalle más curioso es que para traer desde “un no-lugar” a
"un lugar" al Tablet/celular tenía aún que entregar señales físicas
de su aspecto y de su forma a la trabajadora de la sección. Al hacerlo, a
través de la llamada, tuve que entregar un sello de propiedad y de identificación
que le permitiera a ella identificarlo como "mío", es decir,
perteneciente y adscrito a un lugar, a una persona, y además como objeto Tablet/celular,
es decir, restaurar su uso comunicacional en el lugar.
Al
hablar con ella por teléfono recordé un detalle y le dije: "es un Samsung Galaxy y dentro de la carcasa
que protege a la máquina hay una tarjeta blanca, y en ella, en la tarjeta de
cartulina blanca, están escritas muchas señas. Son los códigos secretos de
operatividad de todas mis tarjetas y cuentas por las redes de internet". Y
ahí, esperé en línea. Mientras, ustedes pueden llegar a imaginar nuevamente la
magnitud y potencia que podía involucrar esa respuesta, si es que la dama en
cuestión respondía desde el “no-lugar” que el aparato no correspondía a las
características descritas.
Al
otro lado entonces, escuché a la mujer decir: correcto, si señora. Hay un Samsung
y está la tarjeta blanca, están los códigos escritos. Es suyo, puede venir a
retirarlo.
Subimos
al carro, y fuimos a buscar la máquina hasta el "no-lugar general"
del aeropuerto: y "no lugar sección objetos perdidos" en lo
específico. Cruzamos el eje central norte y sur del plan piloto de Brasilia. Había
estacionamiento. Y en la entrada, conforme las indicaciones nos dirigimos hacia
la sección el “no lugar de objetos perdidos del aeropuerto”.
Junto
con entregar el pasaporte para reconocimiento de identidad, y el ticket de embarque
que asegurarán mi paso por allá, me mostraron la máquina. Al hacerlo, abro la carcasa
de color marrón, y saco la tarjeta blanca. La muestro para mi amiga y para la
trabajadora. Efectivamente la parte de afuera está enteramente escrita con los jeroglíficos
modernos que me entregan la identidad para circular por el mundo de las redes
en línea.
Finalmente,
abro la tarjeta que está doblada en dos pliegues para mostrar su interior. Y
vuelvo a mostrársela solo a mi amiga mientras le comento: "escucha, esta tarjeta
blanca con todas las señas secretas escritas con lápiz por mí, tiene por dentro,
el obituario de despedida que nosotros, sus hijos, hicimos de mi madre, cuando
ella falleció. Esta tarjeta pequeña fue la presentación social de la partida de
mi madre, el registro físico social que se entregó a quienes nos acompañaron en
su funeral certificando su paso por este mundo, y que yo guardé como recuerdo en
mi Tablet/celular, con todas las claves de operatividad en el mundo que
conocemos como "lugar".
Efectivamente,
la tarjeta por dentro tiene impresa con letras de color celeste azulado, el
nombre de mi madre, su fecha de muerte y los agradecimientos que la familia
hace a todos quienes la acompañaron con ofrendas y presencia en su funeral.
El
estado de reverberación mágica, secreto y sagrado de mi mente estaba estupefacto
en el asombro. Mi madre presente desde ese “lugar invisible”, que también puede
ser llamado “un no lugar” en las coincidencias auspiciosas de protección a mi
llegada Brasilia. Mientras, me devolvían el aparato de mis comunicaciones. En el imaginario, el momento en que estaba contándole a mis amigos a la llegada a su casa, en el comedor, sobre la muerte de mi madre. Justo el momento en que también me dí cuenta que no estaba el Tablet entre mis objetos. Todo calzaba.
Por
otra parte, un ciclo en mi vida se abría con un gran detalle que unía: la
muerte de Dilgo, un gran maestro budista con Emilia de los milagros, mi madre.
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