miércoles, 7 de agosto de 2019


Protocolo de un Viaje           


Días  antes de salir de Chile tuve un sueño. Estaba en el aeropuerto de Brasilia y una situación extraña demoraba mi salida, aunque no pasaba a mayores. Fue un presagio. Solo recuerdo de la imagen onírica que yo estaba en la zona donde se retiran las maletas en el subsuelo del aeropuerto de Brasilia.

Haciéndose cargo el tiempo del cumplimiento premonitorio, al llegar a Brasilia, extravíe mi Tablet, y fue en el aterrizaje, en el aeropuerto de Brasilia. Pero, para que se queden en la quietud y no cultivar la ansiedad, les cuento desde ya, que lo interesante no es que lo extraviara, sino más bien la secuencia de cómo lo recuperé.

Al llegar a Brasil, estuve preocupada porque al salir de Sao Paulo después de tres horas de espera en el aeropuerto de Guarulhos, no había conseguido enviar las últimas coordenadas de llegada a Brasilia a mis amistades. Ustedes saben, los vuelos a veces cambian de horario y se atrasan más de lo esperado. Además, el servicio de atención de la red de Internet abierta en estos espacios, “no lugares” ha cambiado bastante; en los últimos años, se ha comercializado cada vez más, al punto que la gratuidad en la actualidad, se reduce a una hora. Luego de ese corto periodo de tiempo se tiene que pagar.

Ahora, y en relación con los aeropuertos de Brasil, es conveniente decir que, Brasilia tiene aeropuerto internacional porque es la capital sede del poder político, sin embargo, históricamente las entradas internacionales han sido vía Sao Paulo o vía Río de Janeiro. Ahí se hacen las escalas para después tomar el vuelo llamado doméstico.

Hechas ambas aclaraciones, y volviendo al viaje propiamente tal, mientras ocurría este tiempo de tránsito en mi caso, en el aeropuerto de Sao Paulo, mi mente estaba por una parte en el cálculo de batería del Tablet/celular que uso, el tiempo de Internet de la red que ya comenté, y ambas, asociadas al deseo de tener un tiempo para la lectura del libro "la esencia de la compasión" de Dilgo Khyentse Rinpoche. Así que, en la ejecución de esa línea de comportamiento, una vez que ya hube dejado las maletas listas, y hecho el embarque en el lugar señalado, manipulé el aparato con el objetivo de cerrarlo, guardarlo, y así, ubicarme en otro lugar, para luego sentarme y disponerme al encuentro con la lectura.

Lo que sucede es que, los aeropuertos son como "no-lugares". "No-lugares" por donde los ciudadanos transitamos buscando, aunque sea por algunos instantes un lugar, un domicilio, una ubicación.  Y esos lugares o domicilios dentro de este “gran no-lugar que son los aeropuertos”, fueron para mí en ese momento:  una silla confortable y espaciosa que me permitiera abrir un libro y avanzar en una, dos o tres páginas.

En verdad, lo espacioso aquí además era un cierto retiro de las personas circulantes, de los niños, y del bullicio en general que tienen los aeropuertos con sus comunicados de idas y venidas. Cierto, el bullicio era aquí: las conversaciones, los intercambios comunicacionales por celular, o entre las personas, que viajan. Y, porque al fin de cuentas debo decirlo, abrir un libro para leer también se ha transformado en un acto solitario, un lugar de un encuentro íntimo con un autor, que en la proyección es una misma.

Bueno, por todos esos detalles, repito: apagué el celular y solo volví a conectarlo al momento de hacer el tránsito para ir al avión propiamente tal, es decir, al momento de hacer la revisión del ticket de vuelo a Brasilia, la conexión interna nacional, y subir al bus que lleva a ese avión. Como pueden imaginar, en ese trayecto, no conseguí anexar la máquina a la red wi fi de Internet. Ni el bus, ni el avión me daban esa posibilidad, una vez fuera del edificio "formal" del aeropuerto. Así que, no pude avisar el horario exacto de mi llegada. El libro y la lectura me habían tomado más tiempo del que era posible.

En fin, tenía claro que - al llegar al aeropuerto Juscelino Kubisheck de Brasilia-, lo primero que debía hacer era buscar conexión vía WhatsApp para enviar los mensajes que se habían quedado pendientes y revisar los últimos que me habían enviado para concretizar, mapear, las coordenadas de llegada. Entonces, tenía que hacer todo lento para ir dando tiempo a que los acontecimientos se acomodaran en la vida real. Y fue justamente esa acomodación, lo que generó un despliegue de prácticas cuyas conexiones fueron insólitas. O especiales.

Por cierto, al llegar y entrar en el edificio conseguí la conexión de Internet y avisé de mis coordenadas. Recibí un retorno de mensajes de mis amistades confirmándome que todo estaba bien encaminado. Ya estaban en camino para llegar a buscarme. Entonces, como era de esperar, me relajé, y me di, otra vez, más tiempo para llegar al terminal de salida del equipaje, y para ir a buscar mi propia maleta. Me di más tiempo para transitar por el "no-lugar", antes de dejarlo.

Es decir, en términos de prácticas, primero hice todas las conexiones por Internet, después cerré las conexiones para asegurar batería y red de Internet, después caminé en dirección a la búsqueda del equipaje, respiré mi llegada, sentí lenta las emociones, y luego fui caminando tranquila hacia ese "estacionamiento" donde se me proponía comenzar a recuperar mi lugar en el mundo a través del acto de devolución de "mi" equipaje. Sin embargo, antes de llegar a ese otro no-lugar, también fui al baño.
Esto es como decir que un aeropuerto como un "no-lugar en general", tiene "no-lugares más pequeños" con variados dislocamientos de posibilidades. 

Y bueno, como me di más tiempo para caminar por el no-lugar de tránsito hacia el estacionamiento de equipaje y hacia el baño, cuando llegué a buscar mi maleta, ya había sido retirada de la circunvalación giratoria automatizada y tuve que ir para su requerimiento “al no-lugar donde comienzan a apilar precisamente los equipajes que no son retirados a tiempo". Ahí en ese no-lugar encontré mi maleta, y mostré el ticket a las personas de seguridad del sector. Sin antes preguntar varias veces por " la ubicación del "no lugar" del equipaje" porque no aparece señalado dentro del "no-lugar general". 

Interesante darse cuenta como el “no-lugar general”, crea zonas o áreas de no-lugares más específicas para los objetos que se pierden o demoran en encontrar su lugar. 
Fui hacia la puerta de salida y vi a mi amigo. Así que ni me recordé del Tablet/celular. En ese momento no lo necesitaba. Y por eso mismo entonces, se generó un choque de recuperación de circunstancias fuertes de intensidad que provocaron ese deslizamiento de la atención. 

Me encontré con mis amistades, nos dimos unos lindos y maravillosos abrazos de re encuentro y comenzamos a construir el lugar de las conversaciones, los afectos, las emociones.

Llegamos a casa y continuamos en esa celebración de mirarse, preguntarse con la mirada por los detalles de estos dos años. Y en eso estaba, hablando de la partida de mi madre en su viaje de este mundo, detenida en ese tiempo, un "otro no-lugar como la muerte", cuando al volver al presente para buscar dar noticias a Chile, situada ya desde un lugar,  descubro que el Tablet/celular no está entre mis objetos "más personales de uso".

Fue toda una circunstancia de volver de un "no-lugar" a un "lugar" y transitar para "un no-lugar" de nuevo. Pues bien, mis amigos me ayudan y llamamos al aeropuerto, al servicio de objetos perdidos, para ver si podíamos volver a dar con el aparato. Y efectivamente, logramos visualizar el objeto en el “no-lugar especializado de objetos perdidos”.

Sin embargo, el detalle más curioso es que para traer desde “un no-lugar” a "un lugar" al Tablet/celular tenía aún que entregar señales físicas de su aspecto y de su forma a la trabajadora de la sección. Al hacerlo, a través de la llamada, tuve que entregar un sello de propiedad y de identificación que le permitiera a ella identificarlo como "mío", es decir, perteneciente y adscrito a un lugar, a una persona, y además como objeto Tablet/celular, es decir, restaurar su uso comunicacional en el lugar.

Al hablar con ella por teléfono recordé un detalle y le dije:  "es un Samsung Galaxy y dentro de la carcasa que protege a la máquina hay una tarjeta blanca, y en ella, en la tarjeta de cartulina blanca, están escritas muchas señas. Son los códigos secretos de operatividad de todas mis tarjetas y cuentas por las redes de internet". Y ahí, esperé en línea. Mientras, ustedes pueden llegar a imaginar nuevamente la magnitud y potencia que podía involucrar esa respuesta, si es que la dama en cuestión respondía desde el “no-lugar” que el aparato no correspondía a las características descritas.

Al otro lado entonces, escuché a la mujer decir: correcto, si señora. Hay un Samsung y está la tarjeta blanca, están los códigos escritos. Es suyo, puede venir a retirarlo.

Subimos al carro, y fuimos a buscar la máquina hasta el "no-lugar general" del aeropuerto: y "no lugar sección objetos perdidos" en lo específico. Cruzamos el eje central norte y sur del plan piloto de Brasilia. Había estacionamiento. Y en la entrada, conforme las indicaciones nos dirigimos hacia la sección el “no lugar de objetos perdidos del aeropuerto”.
Junto con entregar el pasaporte para reconocimiento de identidad, y el ticket de embarque que asegurarán mi paso por allá, me mostraron la máquina. Al hacerlo, abro la carcasa de color marrón, y saco la tarjeta blanca. La muestro para mi amiga y para la trabajadora. Efectivamente la parte de afuera está enteramente escrita con los jeroglíficos modernos que me entregan la identidad para circular por el mundo de las redes en línea.

Finalmente, abro la tarjeta que está doblada en dos pliegues para mostrar su interior. Y vuelvo a mostrársela solo a mi amiga mientras le comento: "escucha, esta tarjeta blanca con todas las señas secretas escritas con lápiz por mí, tiene por dentro, el obituario de despedida que nosotros, sus hijos, hicimos de mi madre, cuando ella falleció. Esta tarjeta pequeña fue la presentación social de la partida de mi madre, el registro físico social que se entregó a quienes nos acompañaron en su funeral certificando su paso por este mundo, y que yo guardé como recuerdo en mi Tablet/celular, con todas las claves de operatividad en el mundo que conocemos como "lugar".

Efectivamente, la tarjeta por dentro tiene impresa con letras de color celeste azulado, el nombre de mi madre, su fecha de muerte y los agradecimientos que la familia hace a todos quienes la acompañaron con ofrendas y presencia en su funeral.

El estado de reverberación mágica, secreto y sagrado de mi mente estaba estupefacto en el asombro. Mi madre presente desde ese “lugar invisible”, que también puede ser llamado “un no lugar” en las coincidencias auspiciosas de protección a mi llegada Brasilia. Mientras, me devolvían el aparato de mis comunicaciones. En el imaginario, el momento en que estaba contándole a mis amigos a la llegada a su casa, en el comedor, sobre la muerte de mi madre. Justo el momento en que también me dí cuenta que no estaba el Tablet entre mis objetos. Todo calzaba. 

Por otra parte, un ciclo en mi vida se abría con un gran detalle que unía: la muerte de Dilgo, un gran maestro budista con Emilia de los milagros, mi madre.

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