El Tráfico de Influencias
En lo que va del
“estallido” Hermosilla por las redes y los medios de comunicación, es
interesante circunscribir el posicionamiento de los actores en el escenario de
los afectados. Se trata de funcionarios de gobierno, pasando por funcionarios
del poder judicial, hasta funcionarios relacionados con el campo político.
Es raro el clima de
septiembre por la memoria del 11 de septiembre, en el que se conmemoran además las
fiestas patrias, y el estallido social del 19 de octubre.
En general, en este
último tiempo se ha tendido a desprestigiar la sensación de malestar social y
colectiva de esta movilización social que tuvo expresión en la plaza dignidad y
a nivel nacional, en todas las plazas y calles de Chile. Por eso, además, es raro el
clima de este tiempo.
En este contexto, ha resultado interesante escuchar no solamente las primeras declaraciones del presidente
Boric, en relación con la detención del principal investigado, sino, los
ministros de estado, específicamente, Interior, Justicia y Derechos Humanos, secretaria
general de la Presidencia, gobierno. etc. También, representantes del poder
judicial como los fiscales y por cierto todos aquellos actores que, como
profesionales, expertos, sea actores relevantes propios a la élite, o a los
colegios profesionales envueltos en el asunto: léase colegio de abogados, por
ejemplo, y las mismísimas universidades.
En efecto, estamos ante
un problema del sistema político que se inicia en uno de los tres poderes del
Estado, el judicial, pero traspasa a todos los otros poderes: político y
legislativo, incluso el comunicacional y de las instituciones y las empresas
que prestan servicios al estado.
Aunque tradicionalmente
no se considera a los medios de comunicación y su acceso a los mismos como
envolvente. Sin embargo, es cierto no está constituido como el cuarto poder del
Estado, es un poder que hace posible la legitimación de la información y las
comunicaciones. Son un poder. Y, a la fecha no ha sido visitada por la jurisprudencia.
Entonces, al parecer, ha llegado el tiempo en que se haga una conversación.
La Transparencia
Interrogantes vienen y van. A estas
alturas se reconoce que hay intereses económicos poderosos en este país
ejerciendo influencias indebidas en el espacio político. O, sea ya van varios
casos desde SQM en adelante, incluido el gran negocio de las fundaciones. Y, si es
así, en la pragmática, en la realidad, vinieron para quedarse.
Entonces interesa
despejar: ¿en qué condiciones se regularán las conversaciones de lo que se
entiende por privado? Lo privado cuando se trata de la familia de linaje
compartido es aceptable. Pero, al tratarse de red de amistades de negocios y sus conversaciones,
hay que hacer una demarcación porque el delito de tráfico de influencias también
tiene límites e indicaciones. Y, en esa estamos, para verificar el daño, y la corrupción.
La Élite
La conversación sobre lo que sea la élite, nunca había estado tan en boga a partir del estallido Hermosilla. Y eso es porque el pelaje de la élite cambió. Se democratizaron los accesos al poder, y claro que cien años no es nada, ante la impermanencia. Entonces, hay quienes buscan en la élite y ciertos protagonistas de ella, los cabezas de turco de este episodio, aunque para ello es necesario que dezgranar el choclo.
El futbol, el deporte,
los personajes de televisión y de los reality shows, entraron a la opinión
pública y al parlamento hace ya unos veinte años.
Hay algunos que indican que se perdió la formación, los partidos políticos perdieron la visión cultural y de formación que le es propia. Esto para informar a la ciudadanía que la verdad aún tiene vestuario. Sin embargo, antes habían características de la élite que ya no corren en estos tiempos, y que son de responsabilidad de otras instituciones. El campo que conforma la opinión pública y de aquellos y aquellas que acceden a la misma para influir en la política propiamente tal, no es la misma que advino al inicio de la transición en los años noventa al finalizar el siglo pasado. Entonces cabe preguntarse: ¿cual es la élite que se descompone en este estallido que no está en las plazas, ni en las calles, pero está en los medios y en las redes?
En esos años, el acceso a las mejores universidades, el clivaje familiar, el acceso al sistema de herencia eran las monedas de cambio y de circulación e inclusión. Pero hoy, la élite ha ido desdibujando esos contornos, otros apellidos chilenos y chilenizados, conforman no solo la burguesía financiera, sino, la burguesía oligárquica y por lo tanto las redes.
Hasta ese aire aristocratizante decadente que antes emergía en
las conversaciones, hoy por hoy, se diluye por entre medio de clivajes
culturales provenientes de aspectos religiosos como los evangélicos, por
ejemplo, que tienen una representación en el congreso.
A inicios del siglo
XXI, en un artículo que escribiera sobre la opinión pública en Chile, dimensionar ese cambio
que ya se percibía sobre todo para los estudiantes de comunicaciones, muchos de
los cuales en sus tesis ya se interrogaban sobre la entrada de los futbolistas al
mundo de la política, no parecía sin embargo, interrogarse necesariamente, sobre
su efecto en la constitución del campo de la política, ni siquiera en cuanto líderes
de opinión pública.Las comunicaciones se preocupaban con el traspaso de la fama, el prestigio,
conseguidos en un cierto espacio acotado de lo público, y la influencia, el
impacto que aquello tenía no hacia la política sino más bien, hacia la
ciudadanía.
No se entendía muy
claramente el proceso que el propio quehacer político funcional diluía en el
rasgo popular propiamente tal, hacia lo electoral. Y, esa dilución desaguó en
los propios partidos políticos que aceptaron con un cierto júbilo, la levedad
del proceso mediante el cual, las ideas, los posicionamientos estrictamente
políticos, devenían en una suerte de liquidez. Los propios partidos cambiaron
su fisonomía, sus gustos, sus preferencias, su estilo sea sobrio o estridente,
su moda. Tenemos un parlamento diverso, una nueva generación en los sillones.
En algún momento de ese
periodo fue fácil definir la whisky-izquierda, por ejemplo, fue fácil definir
la distinción del corte de pelo, de la barba, del vestuario, de las formas de
decoro que empoderaba a una cierta élite. Isabel Allende, la escritora en
alguno de sus libros, indica que las clases medias eran sobrias, modestas, y
educaban a sus hijos e hijas, en ese decoro, de la educación pública y la
privada era sobria ante la ostentación. No eran amigas del derroche, del
exceso. Las mujeres no solían pintarse la cara en exceso, no solían dejarse las
uñas largas, y se valoraba “lo natural” como estilo de vida. No había mucho
postizo. No se conocía la inteligencia artificial.
Y, la élite que asumió
el poder en 1990, tenía esa impronta. Basta revisar las imágenes de época de la
élite circulante a través de los medios de comunicación y se puede observar
formas simbólicas que claramente hoy están en desuso. En efecto, hoy la élite
cambió, la política cambio de apellidos, aunque algunos se mantienen, y
entramos en la explosión de los cinco minutos de fama de Andy Warhol de una
generación que toma el control de esa circunstancia ante los medios de
comunicación.
Pero desde esa cambio, se mantuvo y sostuvo una élite vinculada a lo que representa Chacwick y por cierto Hermosilla.
Al inicio del proceso
de democratización, en los noventa, la élite que entró a lo público, de algún
modo estuvo definida y circunscrita a lo ya conocido. Se abrió, pero quienes
entraron fueron nuevos en el parlamento, y fueron pocos quienes quedan hasta
hoy día. Posteriormente, se fueron integrando nuevos giros culturales con la nueva
mayoría, incluso después de R. Lagos. De hecho, la democracia cristiana no
volvió a comandar el país, el centro se diluyó y la élite que copaba ese
espacio derivó en extinción.
Tal vez, Piñera, le entregó al país la emergencia de una élite ricachona, arribista, ya no siútica, sino más bien, criolla consumista, abigarrada y estridente. Es la otra cara de la elite "profunda" de las redes de amistad.
De hecho, son pocos y
pocas los sobrevivientes y resilientes de esa época. Sin reggaetón.
Por lo mismo, ya en los
últimos veinticinco años, al inicio del siglo XXI, entramos en una redefinición
de la élite. Los criterios sobre educabilidad y formación universitaria no son
los mismos. La privatización de la educación superior tiene otros enclaves de
formación de la derecha y de lo que esa élite quiere proponer como tal al país.
Ya no interesa si un integrante de la élite es formado en la Pontificia
Universidad Católica, o en la Universidad de Chile, o en las Universidades del
Consejo de Rectores. Tener un título profesional de la USS (Universidad San Sebastián
o USTO o Los Andes o de una universidad cualquiera, otorgan a da un impulso
suficiente para ser considerado y evaluado positivamente. Incluso, de atraer
cierta característica de neutralidad ideológica rara, pero al parecer
satisfactoria a la constitución del poder.
En la actualidad, las
habilidades requeridas para entrar al espacio político se camuflan de otro modo
y aunque hay intentos de consolidación de los rasgos que con anterioridad eran
relevantes, la democratización insiste en derrumbar y tirar el mantel, más que
guardar el polvo debajo de la alfombra a modo de reliquia patrimonial de la
familia.
Lo mismo ocurre con los
apellidos y con los clivajes que históricamente condujeron la política en los
poderes del estado. Es cierto, que hay linajes que se mantienen, pero en su
mayoría han cambiado y de hecho en los últimos años los gobiernos no solamente
han ampliado esa inclusión, sino que además la nueva generación que asumió el
comando, arribó con linajes regionalistas, no necesariamente capitalinos.
De cualquier manera, no
se puede despachar una élite sin considerar el clivaje en su proveniencia y
procedencia. Y, no se puede entender el clivaje de una élite sin las
diferenciaciones culturales, o las que apuntan a consideraciones territoriales,
del tipo: capital y provincia, capital región, rural y urbana, centro y
periferia. También del tipo de burguesías, y oligarquías.
Por eso, el caso de este estallido tiene un derrumbe patriótico extraño.