Feminismo (s) 2020: Sin memoria nos perdemos
En términos generales, la
expresión o mejor dicho la expresividad de las feministas es diversa en
términos de contenidos y propuestas. Esto es como decir que tanto antes como
ahora el feminismo no es homogéneo, no es universalista, es diverso, expresión
de procesos de individuación que en cuanto tal escenifica paradigmas
culturales, padrones mentales, estilos de vida vividos por las propias mujeres
de acuerdo a sus contextos histórico y sociales de reproducción de su posición
en el sistema patriarcal y en la división socio sexual del trabajo.
El movimiento social de mujeres
que expresa también el feminismo y a las feministas, se ha considerado como un
soporte más amplio de contención, el cual, a modo de lecho de un río, deja que
confluyan todas estas expresiones, algunas de las cuales, y en un intento de
definición y de búsqueda de identidad -para retomar la metáfora una ribera del
río-, se niegan a ser consideradas e identificadas desde la conciencia de
género, hasta la ribera opuesta del río, donde se ubicarían las feministas más
radicalizadas que de algún modo son definidas como anti-hombres.
En efecto, los procesos de
conciencia de género en el continuum de los contextos sociales, la
socialización, la cultura y la propia inscripción biográfica en el proyecto
vital, hacen movibles y dinámicas la construcción de id-entidades, y lo que en
un momento se acepta como “igual a si misma en ser, existencia y entidad”, en
otro momento ya no lo es, puede no serlo o puede ampliar su rango de
significación. Esto es como decir que hay momentos en que la adscripción al
feminismo de parte de las mujeres puede estar asociado a experiencias de
violencia, otras a experiencias de dominación patriarcal en el espacio laboral,
otras asociada a experiencias de subordinación abusiva por la experiencia de la
maternidad y el trato al interior del sistema de relaciones patriarcales, otras
por procesos de elaboración consciente de determinados valores espirituales,
otras por elaboración de comportamientos ecológicos y medioambientales, otras
por conciencia de injusticia en relación con la paridad en el trato y al
interior del sistema capitalista, otras por
experiencias de deseo y elección de pareja sexual, etc.
En el hilo de construcción biográfico
de cada mujer, no es solo “una” experiencia determinada lo que define a una
mujer como feminista, y por lo mismo, se reitera que el feminismo no es homogéneo
ni universalista. Es más, desde la metodología feminista y desde la
epistemología de género, la recuperación y la validación de los procesos de
subjetivación e intersubjetivación así lo indican. Es cierto que esta situación
puede ser tensionante y conflictiva para y entre las propias mujeres, tanto si
quieran o no definirse como feministas, y para ello lo que puede aportar y
posibilitar una comprensión tolerante de esa diversidad son: los ejes de
temporalidad, el generacional, el de clase, por una parte, y la profundización
de una ética de la sororidad.
En el Feminismo 2020 hay varios
contrapuntos que, al interior del movimiento de mujeres en alianza en la
actualidad con las redes sociales y la presencia de la norma heterosexual en
ellas, buscan posicionar las diferencias expresivas que se van comunicando. Desde
la instalación del concepto definitorio de identidad bastante radicalizado y
provocador como “feminazi”, hasta conversaciones o link de conversación que
buscan cuestionar “lo separatista”, “lo hembrista”, “lo antimaternal”, lo anti
familia, lo anti hombres, el carácter abortista generalizado, que plantea el
feminismo en su diversidad.
En verdad, esto no significa que
estas conversaciones o puntos de vista no hayan sido parte de la historia del
movimiento feminista como organización. De hecho, en las asambleas feministas
latinoamericanas ya desde sus primeros encuentros fueron siendo abordadas, y
existieron y existen hasta el día de hoy cuestionamientos críticos en torno a: las
relaciones entre clase y género. Las feministas populares plantearon sus
diferencias en modos de vida y en formas de explotación en relación con las
mujeres blancas profesionales de clase media, a veces llamadas “mujeres de” por
su forma de participar de la elite. Y la relación fue de tensión.
Lo mismo ocurrió con las
feministas militantes de partidos, principalmente de izquierda, y las
feministas autónomas. Específicamente en Chile,
al finalizar el gobierno de Pinochet y durante los primeros años de
gobierno de transición a la democracia, se dio una tensión entre las feministas
militantes que -vía partidos políticos de izquierda- reforzaron su alianza con
los partidos de centro para construir gobierno, gobernabilidad, y, aquellas
feministas autónomas, que se definieron así para perfilar espacios de
participación, de organización (organizaciones no gubernamentales, etc),
contenidos y visión feminista no negociada. Estos procesos se dieron con
diferentes intensidades en la mayoría de los países latinoamericanos que
vivieron dictaduras como Brasil, Uruguay, Paraguay, Argentina. Hasta el día de
hoy, un sector potente del feminismo asociado al feminismo de las nuevas
generaciones tiene una evaluación crítica de esa suerte de entreguismo político
de ese otro sector del feminismo que se integró a la gobernabilidad.
También existe hasta el día de
hoy una tensión crítica de la relación entre feministas por el cruce de: clase,
raza y género. Y esa tensión no ha sido resuelta. Se plantea, se discute, se
sabe que existe, se llegan a ciertos acuerdos puntuales de convivencia, se
avanza en consciencia y comunicación, visibilidad, pero no se resuelve porque
se entiende que son contradicciones que forman parte del sistema de relaciones
en el cual estamos insertas sea patriarcal o división socio sexual del trabajo.
En términos generales, una mujer negra,
de sector rural, popular, de clase baja, tiene más probabilidades de concentrar
en su cuerpo y en su historia biográfica exclusión, violencia, marginalidad,
pobreza.
Y las feministas negras han colocado
y colocan su diferencia ante las mujeres feministas blancas, así como las feministas
lésbicas se han tomado su tiempo para ser escuchadas, y valoradas en sus
planteamientos políticos y en sus demandas por las feministas heterosexuales,
blancas insertas en la burguesía profesional de las clases medias. En algún
momento de la historia del feminismo latinoamericano y de su actualización,
cuando esta propuesta se cruza con las feministas más jóvenes en definición y
construcción de sus parejas sexuales evidentemente han surgido y surgen
confrontaciones político-sexuales, éticas normativas en jaque y elaboración.
Pero en los espacios de encuentros, las mujeres feministas logran llegar
acuerdos que permitan avanzar y visibilizar por ejemplo en Chile: en ley de
aborto tres causales, la ley de asociatividad y vida en pareja, ley de
divorcio, etc.
Se agrega a lo anterior la
cuestión de las feministas indígenas. En Chile la visión Mapuche y la
recuperación del lugar de la Machi tiene un profundo contenido de recuperación
de identidad, de patrimonio, de naturaleza, de espiritualidad, de sabiduría
ancestral. Y este proceso, recién ha comenzado en una sociedad que tiene enclaves
culturales fascistas, no elaborados. Son
enclaves culturales machistas, patriarcales que se resisten a las dinámicas y
procesos de construcción de identidad.
Del Separatismo y las nuevas
clasificaciones
El separatismo es una práctica
feminista que viene desde los grupos de toma de conciencia y la metodología que
se usa para ayudar, apoyar, cooperar con las mujeres que han sido abusadas
sexualmente, violentadas y agredidas, muchas al interior del propio núcleo
familiar.
Una de las especificidades de la
toma de consciencia de las mujeres que han experimentado la violencia: sea
física, sexual y/o psicológica es que requiere de un espacio de confianza,
contenedor, y de un cierre “hacia dentro” en términos de los contenidos que
cada una de las mujeres comunican para no ser divulgados. En los grupos, las
mujeres manifiestan su voluntad de cierre, separación y rechazo hacia los
hombres porque no sienten confianza para hablar lo que han experimentado en su
presencia. Hay una negación declarada hacia la posibilidad de interactuar
juntos. Esto ocurre durante un largo tiempo, y eso incluye, lo que ocurre en la
calle, en el barrio, etc. Por este mismo motivo las leyes que han sido promulgadas
también tienen la demanda de “no acercamiento” o “petición explícita de
lejanía”
.
También el separatismo viene
desde la búsqueda de construcción de liderazgos y visibilidad. Los grupos de
toma de conciencia feministas han partido del supuesto que la oralidad, la
vocería, la capacidad de argumentar, discutir, analizar, en el espacio político
ha sido preferentemente construido desde y con los hombres. Existen hombres
callados, silenciosos es cierto, pero el espacio de la política y de la
oratoria, del uso de la palabra para manifestar una opinión ha sido
preferentemente un lugar o un reino de los hombres. Y reconociendo este hecho
histórico, del lugar de la mujer en el espacio doméstico, que no es un lugar de
habla política; reconociendo que la mujer se incorporó al ejercicio del voto y
a una práctica política más tarde y en desventaja; el feminismo ha construido
un cierre y un separatismo en pro de empoderar a las mujeres en su habla, en la
construcción de su discurso.
Por lo tanto, muchas de las
capacitaciones educativas, las políticas públicas destinadas a fomentar la
discriminación positiva se hacen considerando el “separatismo” que al fin de
cuentas lo que indica es “solo o exclusivo para mujeres”. Se supone que los
hombres siempre han tenido todos esos espacios, nacen en esos espacios, no hay
cuestionamientos hacia ese lugar que ellos usan, en su mayoría nacen insertos
en la palabra, en el discurso. Las mujeres en cambio en su mayoría necesitan
construirse en el espacio político, necesitan construir su oralidad, muchas
veces silenciada a golpes o por asignación naturalizada conforme su
equipamiento biológico.
En la actualidad, algunas mujeres
cuestionan este “separatismo” aduciendo que esta metodología feminista es parte
del capitalismo individualista que busca segmentar y dividir a los diferentes
sujetos sociales. Se olvidan que muchas mujeres están recién aprendiendo a
construir su lugar social, su espacio de vida, su voz. Se olvidan que están
recién verbalizando y junto con ello identificando los límites de la violencia
y la agresión. Todo ello porque al parecer vendríamos de vuelta ya de la
violencia ejercida en su contra, incluido los femicidios.
En otro sentido, se molestan de
la agresividad verbal con que algunas mujeres feministas expresan lo que
sienten. Enjuician las groserías, los garabatos que brotan de las bocas de las
mujeres para apuntar al abusador como por ejemplo cuando dicen: “ándate a la
chucha”, o “paco culiao”, o “puta, maraca, pero nunca paca”. Con ello se
olvidan del “proceso de subjetivación”, “del ritmo”, de la intensidad del
proceso de liberación de la mujer que lo exterioriza en la construcción de sí
en la calle: el espacio social que busca ganar.
No quiero decir con esto que todo
deba ser aceptado en términos de trato, de exteriorización de rabias. Pero las
mujeres feministas y las mujeres en general deberían ser más conscientes y
participativas de estos procesos colocando también sus propios límites, pareceres,
opiniones. Sin juicio, simplemente también aprendiendo a intersubjetivar para
crecer y madurar en los espacios de organización que las mujeres se han ido
dando: sean grupos de toma de conciencia, colectivas, o talleres. Desde dentro
de la orgánica y no desde fuera.
Del Hembrismo
Se ha codificado el hembrismo
como las feministas anti-hombres. Una derivación del feminismo lésbico. De
algún modo podría entenderse como una especie de gueto lésbico-gay. Un proceso
que quedaría definido cuando en un espacio social se asumen los comportamientos
y las orientaciones sexuales desde un cierre hacia la heterosexualidad. Es
decir, el mundo LGBT se cerraría en torno a sus opciones, modos y estilos de
vida para buscar instalarse como norma dejando a la heterosexualidad y por
cierto a su forma de construcción de familia biparental, fuera de, excluida de.
El hembrismo sería un mundo de
mujeres cerrado a los hombres. Cerrado a la familia, a la maternidad como
proyecto posible para mujeres.
Sin el ánimo de justificar, hay mucha
experiencia de mujeres feministas que puede llevar a este camino. Sea por
orientación sexual y construcción de sociabilidad, sea por respuestas a las
violencias experimentadas y traumáticas, sea incluso por una cuestión
estadística, ya que proporcionalmente hay menos hombres heterosexuales que
mujeres, a determinadas edades, y viven en parejas estables.
Durante los años ochenta e
inicios de los noventa estos cuestionamientos “entre nosotras” complejizaron
nuestras conversaciones. Habían “feministas de cartera” según las brasileñas
eran las feministas institucionales, de gobierno, burócratas y similares,
estaban las “feministas mal amadas” resentidas hacia la heterosexualidad,
“feministas de closet” no asumidas en su lesbianismo, feministas aéreas favorables
al consumo y legalización de la marihuana las cuales chocaban con las
feministas de cartera por cuestiones de forma, de educación, de cultura, de
libertades.
También los niveles de
conflictividad tenían que ver con el rango de tolerancia de la heterosexualidad,
el espacio de convivencia donde todas las feministas estuvieran, y el lugar de
los hombres en esta visión feminista. Y no es que las otras dimensiones que
habláramos con anterioridad hubieran desaparecido, a la raza, el género, la
clase, la etnia, la generacional, se le sumaban los estilos y modos de vida que
comenzaban a explotar, las alianzas y asociatividades políticas, los maridajes
construidos para gobernar estas democracias de centro-izquierda.
Sin embargo, cuando surgían
diferencias políticas no estábamos hablando de una pulsión tanática de
eliminación de la especie de los hombres como lo que estaba en juego. Tampoco era
la eliminación de la maternidad en términos absolutos. Se trataba más bien, de
la consolidación de un espacio donde esa diversidad de feminismos y mujeres
pudiera expresarse y comunicarse. Sobre todo, en un contexto de democracia que
se cerraba con dientes y muelas al feminismo lésbico: sus derechos y sus
demandas, así como a los gays. Posteriormente también a los transgénero.
En toda esa efervescencia pasaron
más de cuarenta años y nuevas generaciones de mujeres urbanas, rurales,
profesionales, técnicas, definen proyectos de vida cada día. También la
definición de lo “popular” ha cambiado, pero mantiene también su raíz social y
de linaje. Su contexto geográfico y su expresión en cada ciudad. Es cierto que
vivimos en una sociedad diversa, que ojalá pudiera ofrecer proyectos de
realización y desarrollo diferenciales con equidad, justicia distributiva,
ecológicamente sustentable. Es cierto que vivimos en una democracia oligárquica
que se ha encerrado en la preservación de sus privilegios abusivos. Entonces, teniendo
esas dos coordenadas en términos generales, el punto es: ¿Cómo avanzamos?
Las feministas jóvenes
Las mujeres feministas jóvenes
tienen la fuerza y la necesidad de continuar con sus procesos de diferenciación
y también de afirmación de sus identidades étnicas, indigenistas, de clase,
raza, etc. Y claro, las mujeres feministas jóvenes menores de 45 años viven
este tiempo del estallido social de una manera diferente a como lo hemos vivido
aquellas que vivimos la dictadura e incluso la transición a la democracia. Un
primer eje de diferencia cultural se genera precisamente desde esa memoria de ambas
experiencias, desde la memoria de la forma como se asumieron aquellos
feminismos y como se asumen hoy día.
Las feministas jóvenes están
procesando y elaborando su visión política en un contexto histórico donde la
democracia y el principio de representación están absolutamente desacreditados
y sin conocimiento en términos de experiencia de lo que sea una dictadura. Y
por lo tanto los tres poderes clásicos sobre los cuales se funda la república:
judicial, parlamento y gobierno son percibidos como burocráticos, corruptos,
oligarquizados, cerrados como élite. También, los medios de comunicación
tradicionales como formas de trasmisión e información son considerados y
evaluados como meros reproductores de datos que favorecen la reproducción de la
elite de una democracia oligarquizada. Y con un despliegue o irrupción de las
comunicaciones de las redes sociales en los tiempos de la pos verdad y los fake
news.
Es un tiempo de esos liderazgos.
Es un tiempo para visibilizar esos rostros y empoderar. Es también un tiempo de
integración de experiencias intergeneracionales que también incluyen a la
adulta mayor, a esa sabiduría que dan las canas y la calle, o bien a esos
procesos de tomas de conciencia de libertades tardías.
En efecto, las mujeres jóvenes
empatizan fuertemente con la noción de sororidad feminista: una alianza de hermandad
con lealtad y confianza. Pareciera ser que la construyen día a día. Se refuerzan en las acciones que emprenden
con buenos resultados, y evalúan los aspectos que deben modificar o en los
cuales han errado. Sueltan y expresan sin tanto silencio o rodeo las violencias
o los abusos de que son objeto. Y piden ayuda. Insertas en las redes sociales,
comunican lo que sienten sin tanta inhibición. Y exigen lealtad a prueba de
horarios.
Sin embargo, esto es un camino
para recorrer sobre todo en orden a construir alianzas, pactos, tipos de
confianza y amistad cívica. Es decir, a elaborar los contenidos de esas alianzas.
También si bien es cierto como bien señala Marcela Lagarde es una forma cómplice de actuar entre mujeres”, también se hace
necesario darle contenidos a esa complicidad. Es decir, esa complicidad tiene
límites. Y uno de ellos puede ser incluso la visión feminista entendida y
considerada como “una propuesta política”.[1]
En este sentido, aprender a diferenciar el corto, el mediano y el largo plazo
en el feminismo y en la visión política del feminismo. Todo ello, en un
horizonte que pondere el desarrollo de colectivas como formas de organización
que permitan expandir destrezas y habilidades de sororidad en cuanto: “dimensión
ética, política y práctica del feminismo contemporáneo”. (:126 Largarde, M;
Aporte para el Debate, Pacto entre Mujeres Sororidad www.celem.org)
Se trata de expandir los valores
de cooperación, de trabajo en equipo, de trabajo en redes, de empoderamiento
horizontal en un tiempo caracterizado por la división, la fragmentación, el
individualismo y el egoísmo. Se trata de ampliar los procesos de subjetivación e intersubjetivación grupal que permitan definir, redefinir construir confianzas en un horizonte donde también experimentamos la impermanencia de las relaciones y los afectos, donde experimentamos los procesos migratorios que como aves nos muestran que volamos de un lugar a otro.
[1] PACTO ENTRE MUJERES SORORIDAD(*) Marcela Lagarde y de
los Rios (**)Publicado en www.celem.org (Coordinadora Española para el
lobby europeo de mujeres).




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