En Chile, desde la derrota
en la última elección presidencial a finales del 2025 que, no solamente se ha
realizado un llamado a reflexionar sobre las causas de la misma, sino y, sobre
todo, ha motivado a las fuerzas políticas articuladas en torno a la candidatura
perdedora, a una reflexión sobre la izquierda, lo que esta pueda ser, si se
trata de varias izquierdas políticas y, por cierto, como la misma se articulará
en el futuro en un rol de oposición.
El horizonte en el que se
inserta esa búsqueda es más amplio, se inserta en a nivel mundial en el
cuestionamiento e identificación de los elementos culturales woke presentes
en la izquierda, (Neiman, 2024) la emergencia electoral de una ultra
derecha populista vencedora cuyos íconos siguen siendo Milei y Trump, y por
cierto en Chile, Kast, en el impasse del multilateralismo y la globalización
como formas de ordenamiento mundial que están enfrentando resistencia. De lo
que se trata es de reformular una plataforma de izquierda que busque insertarse
en un plano global, lo cual implica considerar por lo menos lo que ocurre en
países latinoamericanos, y en algunos países europeos en los cuales las
izquierdas históricamente han tenido presencia política.
Considerando estos contextos
culturales de producción de ideas, recientemente han aparecido en la opinión
pública local nacional, metropolitana, y capitalina de los medios de
comunicación digital, un cierto encuadre epistemológico acerca del debate sobre
la izquierda que sorprende por varias razones. (En referencia a https://brunner.cl/2026/01/la-izquierda-de-las-belles-lettres/)
La primera razón tiene que
ver con la ausencia, en la reflexión circulante, de los o las “intelectuales
orgánicos”, (Gramsci) sea en su consideración: centro versus periferia, sea
en su consideración e integración del pensamiento y la reflexión regionalista
de la provincia. Las citas que constituyen el campo de legitimación del
encuadre epistemológico que se busca delimitar, se circunscribe a intelectuales
que se autoproclaman de izquierda pero que no se adscriben en el presente, a
ningún partido político, y si se circunscriben a la academia.
La segunda razón tiene que
ver con la ausencia de mujeres intelectuales divulgadas y legitimadas en
las citas, y que para esta conversación lo sea como: intelectuales orgánicas, o
simplemente como intelectuales de izquierda. Las mismas citas se refieren y
validan solamente a hombres intelectuales para la conversación de la academia
santiaguina.
Y la tercera razón, se
desprende de las dos consideraciones anteriores y tiene que ver con que: al
momento histórico de ascensión de un nuevo grupo social en el poder político de
gobierno, se constata la presencia de un déficit de intelectuales
orgánicos del grupo social saliente en la “misma” configuración de la opinión
pública chilena metropolitana santiaguina en general. En efecto, esta opinión
pública no considera, no valida, no legitima, en su propia demarcación, el
pensamiento de los intelectuales orgánicos, ni la producción de ideas de las
mujeres de izquierda como “intelectuales”.
En efecto, es probable que
la función del “intelectual orgánico” tal cual como fue expuesta y elaborada
por Gramsci en “La Formación de los Intelectuales”, (1967) venga siendo
modificada en una sociedad de redes, con poderosos e influyentes dueños de
empresas de medios de comunicación, del avance y estado de la inteligencia
artificial, así como la digitalización y la manipulación de los algoritmos.
Es probable también que esto
tenga un impacto profundo en la configuración de la Opinión Pública local
nacional, y su legitimación e institucionalización en democracia. Por todo
ello, es necesario, sobre todo en un momento en que se conversa y debate sobre
las izquierdas o la izquierda política, no solamente definir un encuadre
epistemológico de los autores legitimados al interior de las academias, de las ciencias
sociales como intelectuales. Sino avanzar en buscar escuchar a los grupos
sociales que se constituyen al interior de los partidos políticos organizados.
Es decir, también considerar a los y las incumbentes.
Es necesario, establecer un
horizonte básico de reconocimiento de “quienes” pueden hacerlo con una
representación pública, que indique no solamente el estado de los pergaminos
curriculares, o la trazabilidad biográfica, sino desde el lugar de la militancia
activa, y desde una posición dentro de un partido político, desde las regiones,
desde la provincia.
A modo de argumento, ya en
el siglo pasado Gramsci, parado en la modernidad de la formación del estado, y
la democracia burguesa, reflexionaba lo siguiente:
Además
de elaborar un proceso de diferenciación entre los intelectuales orgánicos y
los intelectuales tradicionales que son muy bien caracterizados; Gramsci establece
una relación entre el partido político y el intelectual, señalando que la misma
debe ser considerada en el origen, en la forma, y en el desarrollo del Partido
Político. En este caso, estaríamos hablando de los partidos de izquierda. Sin
embargo, Gramsci nombra esa relación desde un nivel de dependencia para el
partido, y problemática para el intelectual. Podría traducirse en la actualidad
como un vínculo necesario, urgente para un partido político, que requiere de
una responsabilidad, y un compromiso para el intelectual orgánico.
En lo más concreto y
definitivo, aunque existen procesos de diferenciación de las actividades de los
militantes y del trabajo intelectual, se identifica una definición del
intelectual orgánico como vinculado a un partido político y/o grupos sociales.
Y de hecho en nuestros días, en su mayoría los mismos partidos tienen
fundaciones, centros de estudios, que les permiten tener acceso a la opinión
pública, generando vocerías, capacitando y formando cuadros políticos y
liderazgos. Sin embargo, también, los partidos políticos tienen instancias
orgánicas de debate, de conversación, que por cierto deberían avanzar hacia una
protocolización y clasificación de ideas.
A estas alturas y al cerrar
esta primera parte que propone ampliar el encuadre epistemológico de la
discusión hacia los aportes de los partidos políticos de izquierda y sus
militantes, es necesario aclarar que se cita a Gramsci precisamente porque
ningún intelectual se atrevería a cuestionar la procedencia, ni la inserción de
su producción de pensamiento al interior de la izquierda, dada su la militancia
en el Partido Comunista Italiano.
De paso, la cita y el que sea
referente del punto de partida, viene a reforzar dos aspectos que han sido
puestos en tela de juicio en el último tiempo en Chile, el que un sector de la
izquierda sea anticomunista, y el que la izquierda comunista sea
mayoritariamente lo que define a la izquierda chilena. Lo cual, indica como
botón de muestra de que en Chile nunca ha existido “una” izquierda. Es decir,
lo que existe como expresión en “una” izquierda, ha sido una búsqueda con la
unidad de acción en la defensa de ciertos aspectos que se han priorizado como
los relevantes desde la recuperación de la democracia hasta su consolidación
como forma de gobierno.
Respecto a la Identidad de
Izquierda
Mauro
Basaure en un desahogo nostálgico titula su columna de opinión en un periódico
electrónico como: “el fin de la izquierda”. De este modo, busca clasificar lo
que al parecer es no solamente un estado de ánimo epocal, sino una invocación
inexistente, la “unicidad de la izquierda”.
(https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2025/12/23/el-fin-de-una-izquierda/).
Yendo más lejos en el desahogo nostálgico, Basaure citando a Gramsci, indica que: hasta la derecha ha aprendido a usar a Gramsci en la batalla cultural con la izquierda por “la disputa de la cultura, el sentido común y los afectos”. Concluye entonces que al parecer habría principalmente dos izquierdas: “Una materialista, orientada a la redistribución, al trabajo, a la seguridad y a la soberanía”. Al parecer marxista propiamente tal, más orgánica e inserta en los partidos políticos de izquierda tradicional. Y otra forma de izquierda, centrada en la diferencia, el reconocimiento de los derechos humanos y las luchas culturales, que encuentra su propia forma de representación y competencia política vinculada a los movimientos sociales y al mundo woke. Atribuible al Frente Amplio.
Respecto a lo primero, se hace conveniente aclarar es que no existe “una” sola izquierda, y que, en las izquierdas conviven ambas culturas políticas. Durante la historia del siglo XX y producto de los avances de las generaciones de derechos humanos, la lucha y emancipación de las demandas de las mujeres en política, de acuerdo a los territorios y las definiciones geopolíticas, las izquierdas han ido validando diferentes componentes a sus demandas teniendo por cierto como base el marxismo.
En este contexto, es conveniente aclarar que: la izquierda chilena en términos identitarios tiene un cierto anclaje latinoamericanista y sudamericano evidenciado en su cultura, sesentera y ochentera incluida desde el inicio del siglo XX. También está en el socialismo marxista en el sentido de la emancipación humana, y el estado de las fuerzas productivas en el capitalismo.
Desde inicios del siglo XX, la mayoría de los
ensayistas e intelectuales orgánicos han incluido la cuestión indígena, la
cuestión racial, como categorías que conforman la clase obrera y proletaria
latinoamericana en términos de fuerza de trabajo explotada. Y la cuestión de la
lucha de las mujeres y el feminismo, no se remite con exclusividad a los años
de los movimientos contraculturales de los sesenta y ochenta para delante,
existe desde que las mujeres lucharon por el derecho a voto desde 1930 en
adelante, al acceso a la universidad y a la educación en toda la región durante
la primera cincuentena del siglo pasado.
En la actualidad, se identifica
en Chile, un desarrollo y el despliegue de una identidad de izquierda socialista
que por cierto viene desde el siglo pasado. Para la gente ochentera, los baby
boomers en general con memoria de formación universitaria, en dictadura, existe
“la izquierda” con sus procesos de diferenciación movimientista y partidaria. También
existe memoria de izquierda socialista en el mundo rural obrero campesino,
aunque en regiones puede desdibujarse más debido a que el proletario
propiamente tal, en términos de fuerza de trabajo ha sofisticado su quehacer
producto del desarrollo de la ciencia y la tecnología, el manejo de los
instrumentos y medios de producción.
Existe
una izquierda socialista urbana porque existe una memoria acerca de las
relaciones sociales y la construcción de vínculos. Es evidente además que esa
generación fue productiva de una cierta intelectualidad orgánica, que aún hoy
tiene una expresión cultural en la música, el arte, el teatro, el cine. Se
extiende una izquierda fuertemente ligada a la recuperación de la democracia, la
defensa de los derechos humanos de todas las generaciones, en la que se
reconoce y se valida.
La izquierda
chilena ha desarrollado una actitud, un habitus, una predisposición estable a
integrar ciertos valores éticos y cierta experiencia moral en su vida
cotidiana, de manera tal que, con el retorno a la democracia, es capaz de
detectar la presencia de la corrupción y asumir la invalidación de acciones que
no muestren un estándar mínimo de presencia de justicia social.
La izquierda
chilena aún define un rumbo en materia de responsabilidad social y ante los
hechos o actividades que presenten un forado, es capaz en su ciudadanía,
incluso al tratarse de los propios, denunciar y establecer límites de
valoración.
Respecto
a la Izquierda Marxista: socialista y democrática
Es
interesante partir con la aplicación histórica que Karmy plantea a la discusión
y a la inserción de Marx en Chile específicamente en «Por una izquierda
transformadora»: Una breve respuesta a Brunner. (En https://lavozdelosquesobran.cl/opinion/una-breve-respuesta-a-brunner/29012026
.)
En
términos teórico prácticos cuestiona y crítica el seguimiento y aplicación que
se hizo en Chile de Anthony Giddens el intelectual inglés fundador de la
tercera vía (2000). Esto remite por una parte, a la instalación y seguimiento
de lo que fuera y queda de la social democracia desde 1.990 a la fecha
considerando los dilemas que el intelectual plantea, pero actualizándolos a lo
que va del cuarto del siglo XXI: la globalización, el individualismo, la
izquierda y la derecha, la acción política y los problemas ecológicos. Todo
ello en un contexto, donde la derecha ha perdido espacios electorales, y una
ultraderecha se abre espacios de gobernabilidad impensables, y en los límites o
más allá de lo que se entiende por democracia.
Sin
embargo, sacando este seguimiento intelectual crítico necesario por cierto de
recorrer, se puede ir al punto de fondo propuesto por Karmy: “se trata, más
bien, de abrazar una izquierda transformadora, heredera de Marx”, y … no
supeditarla a una izquierda administradora.
Según Karmy, el
socialismo democrático concertacionista y la nueva mayoría, siguiendo a la
socialdemocracia, se supeditó a la administración del modelo político económico
capitalista y neoliberal, por lo mismo, en la actualidad de la primera mitad
del siglo XXI, post derrota, se debería tratar de reforzar: “una izquierda
transformadora (que) puede ser reformista y revolucionaria a la vez porque
tiene un solo objetivo: atravesar la institucionalidad oligárquica de Chile,
dispositivo “portaliano” por el cual el capital global se cristalizó en nuestro
país desde 1833”.
En la
reiteración, más allá o más acá del cuestionamiento del lugar y la posición de
la izquierda del socialismo democrático durante la concertación que es hacia
donde se dirige la crítica, el elemento significativo que entra en tensión en
la conversación sobre lo que define a la izquierda marxista, no es que esta sea
transformadora, o emancipadora de las fuerzas productivas y de la humanidad. En
su mayoría, la izquierda a secas, acepta que así sea y aplaude.
Por lo tanto, lo
que está en disputa es el elemento que contiene la idea de la existencia de una
izquierda de una “acción revolucionaria”. En un cierto sentido y significado
temporal, la acción “revolucionaria” no contiene los límites o guardarraíles de
defensa de la democracia, sobre todo, de cara a la experiencia ciudadana del estado
“revolucionario” del contexto histórico post estallido social en Chile en el
año 2019 y post pandemia. (Levitsky y Ziblatt, 2018)
Más allá del
nombre que se le otorgue al estallido social ocurrido en octubre del 2019 en
Chile, y si se le otorga o no el carácter de “clima revolucionario”, lo cierto
es que, a 6 años de los hechos, y las dos derrotas de los procesos
constituyentes acontecidos a posteriori, se puede afirmar que la evaluación de
la ciudadanía asocia la acción revolucionaria a la emergencia de un clima de
violencia, desorden público, inseguridad y destrozos callejeros con barrios
enteros en situación calamitosa. En efecto, la ciudadanía ha consolidado la
percepción que estas acciones “revolucionarias” debilitaron la democracia, y
dificultó una vida vecinal de bienestar y seguridad.
Expuesto lo
anterior, es evidente la importancia y relevancia que tiene el reconstituir una
izquierda marxista de acción transformadora, sin embargo, la misma debiera
partir por reconsiderar la trayectoria de esa acción para y en: la democracia y
el socialismo; ya que la forma como se expresa la democracia electoral en la
actualidad dado el horizonte de las redes sociales, ya no contiene el mismo
diseño, ni la misma estrategia, ni la consecuencia o coherencia de
planificación humana.
Estamos hablando
de una izquierda marxista de acción transformadora que valide la noción del
trabajo obrero, campesino, en los tiempos de la Inteligencia Artificial IA, operativa,
en los procesos democráticos electorales, con el uso de la tecnología en los
medios, los instrumentos y la fuerza de trabajo que ya no es neutra. Es decir,
tal cual lo propone Vourafakis, en Tecno Feudalismo (2024) se trata de una
democracia y un socialismo que debiera considerar el capital y el proletariado
de la nube, por una parte, y la construcción que está haciéndose de la
democracia en las plataformas digitales diseñadas por el algoritmo por otra
parte.
Una izquierda
socialista democrática debiera fortalecer a los partidos políticos que son los
guardianes de la democracia y buscar reglamentar el comportamiento político y
mediático de sus dirigentes. Tal como sugiere Levitsky y Ziblatt, (2018) en Como
Mueren las Democracias, los mínimos éticos ciudadanos a compartir debieran
contemplar a lo menos: la legitimación del adversario político como un legítimo
otro u otra en competencia, no fomentar la violencia vehiculando un lenguaje
agresivo y abusivo a través de las redes sociales, y, no abusar ni buscar
vulnerar las libertades civiles. Y, por
cierto, para todo ello, debieran estar disponibles un cuerpo legal, las leyes y
el poder judicial.
La izquierda marxista
debería hacer una reflexión sobre las máquinas en la vida humana y como esta
relación ha cambiado la expresión del trabajo manual, también con el uso de los
computadores y celulares, como se ha cambiado la acción transformadora y
emancipatoria.
La izquierda marxista debería considerar el ámbito laboral en democracia desde el proceso de digitalización en curso, y que tipo de habilidades y destrezas se requerirán en el futuro cercano para la sobrevivencia y la subsistencia con los procesos diseñados por la Inteligencia Artificial. Aunque la relación de dominación capital/trabajo sigue siendo la clave de la definición de izquierda, es necesario actualizarla en su dinámica científica y tecnológica.
Volviendo a Karmy, en la comprensión específica de lo que es o sea “el dispositivo portaliano” en la actualidad y en la coyuntura política chilena, la nominación del elenco de ministros que acompañaran al gobierno de Kast pone evidencia que el empresariado tiene perfecta noción de lo que está en juego en los próximos cuatro años en términos de la consolidación, formación y configuración de la oligarquía. Resta saber cual será la articulación política que podrá construirse para encarar la acumulación, la propiedad privada y el extractivismo como formas actualizadas del capitalismo.
Respecto a una Izquierda Socialista Democrática que bregue por Justicia Distributiva
Cualquier izquierda latinoamericana y más específicamente sudamericana no puede dejar fuera la discusión sobre la justicia distributiva, la igualdad, la equidad, la cuestión de la accesibilidad a la propiedad privada en el rumbo que la sitúa la vida cotidiana. La izquierda no solamente demanda una mayor justicia social desde el Estado sino mayores condiciones de igualdad en la distribución y el acceso a los bienes. Y, hoy por hoy, producto de las conversiones del capitalismo hay que reflexionar y definir las formas en que aparecen y se manifiestan las desigualdades tal como lo sugiere Rodrigo Ramírez Pino: “La desigualdad económica ya no se produce solo por la distribución de la riqueza, sino por el acceso diferencial al conocimiento, a los datos, a las plataformas, a los sistemas de automatización y a las infraestructuras digitales. El capital del siglo XXI no es solo financiero o industrial, es algorítmico, es entrenamiento, informacional y cognitivo”. Ver en https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/01/27/las-tres-izquierdas-y-el-fin-de-la-politica-del-siglo-xx/
Se trataría según Ramírez de proponer: “una tercera izquierda, una tecnológica-humanista, que lucha por asegurar que la humanidad siga siendo sujeto de su propio futuro.
En efecto, estos aspectos son relevantes a considerar sobre todo en lo que un marxismo crítico, o una visión marxista del tecno feudalismo reporte en relación a las fuerzas productivas, los medios de producción, y por, sobre todo, la transformación de la fuerza de trabajo. Es cierto que la inteligencia artificial, los datos masivos, la automatización, la biotecnología, las plataformas digitales, la neurotecnología y los sistemas algorítmicos son el nuevo sistema nervioso de la sociedad, sin embargo, no tienen necesariamente que oponerse a las izquierdas materialistas y cultural.
Primero sugiere y enfatiza la necesidad de una “revisión” y no necesariamente una “renovación”. La revisión debería hacerse con sabor a vino tinto y empanada, allendista. Y, es cierto, que aporta con rasgos de una cultura política que podría estar en desuso en las nuevas generaciones de militantes. Sin embargo, dado el aumento de la población adulta mayor, y la baja natalidad en Chile, bien pudiera ser útil, acercarse a recomponer ese clima de convivencia histórico presente sobre todo en el Partido Socialista: “un socialismo con vino tinto y empanada” democrático. Más bien compartido que con caras separadoras por lotes y tendencias.
En este contexto, también propone una revisión reflexiva que se interrogue existencialmente por la “renuncia al universalismo”. En este sentido, siguiendo la descripción de las etapas sugeridas por Joignant para este derrotero, interesa destacar la tercera porque -de manera orgánica socialista- surgen dos ejes temáticos inevitables a tratar y dimensionar en cuanto a la necesidad de una recuperación del universalismo, y al modo como ambos ejes debieran consensuarse en cuanto puesta en escena y en cuanto a acción transformadora y emancipadora. Estamos hablando de: el medio-ambientalismo y el feminismo.
Consideraciones para un Debate al Interior del Partido Socialista
En relación con el medioambiente surge una tensión ineludible entre el crecimiento y el desarrollo sustentable. El cambio climático es una evidencia y una contingencia azarosa que no puede ser negada ya que cada día se instala por doquier cobrando vidas humanas y desastres territoriales. Sin embargo, al interior del socialismo marxista, esta contradicción no ha sido resuelta, y delante de cada proyecto de inversión que implica crecimiento, surge la discusión sobre la relación capital/trabajo, sobre el extractivismo y las zonas de sacrificio.
En este último tiempo, frente a casos específicos como el proyecto Dominga, ha surgido la argumentación pro crecimiento como defensa del empleo, y por lo tanto del derecho al trabajo. Y, las decisiones que se han impuesto se ha apelado aspectos de principios éticos normativos y a formas de contención por la sustentabilidad sin existir aún una mirada política universal.
Respecto del feminismo es necesario también establecer y enmarcar el debate en dos aspectos: por una parte, el recorrido de la categoría de Género, y por otra, delimitar una ética de la sororidad para la praxis feminista.
El feminismo socialista organizado en los partidos debería encauzar una discusión y un debate que lleve a delimitar, es decir a colocar limites, a las demandas y luchas en relación con el sujeto principal que fue el motor de su reivindicación.
En efecto, el feminismo comenzó su lucha social y política reconociendo y validándose socialmente, como una lucha por la emancipación de las mujeres. Se insertó en los partidos políticos de izquierda, y específicamente en el Partido Socialista desde la vuelta a la democracia para reivindicar la participación, el liderazgo, la formación, la capacitación y la necesidad de transformar la condición de las mujeres. El sujeto mujer era la reivindicación de género en cuanto inserta en una clase, etnia, raza.
El feminismo de los sectores profesionales en America Latina y Sudamérica, todas mujeres, lucharon desde los años ochenta por instalar la categoría de género como variable que pudiera hacer medición en todas las áreas del conocimiento, el saber, la construcción y el ejercicio del poder político, la gobernanza, de los avances de esta lucha. La cual por cierto tiene logros en leyes y en la discriminación positiva o la demanda de paridad.
Sin embargo, en lo que va del siglo XXI, se han instalado una serie de dimensiones dadas por la sigla LGBTQ+ que provienen de los procesos de subjetivación y diferenciación en curso, estilos de vida, movimientos sociales particularizados que fragmentaron y diversificaron la lucha inicial del sujeto mujer. Por lo mismo, es necesario para las mujeres de izquierda socialista de las diferentes generaciones hacer un seguimiento evaluativo crítico para determinar el rumbo.
En este mismo contexto, y dado el recorrido político organizacional, es necesario esbozar una ética de mínimos en relación con la sororidad para la sana convivencia. Esta debería incluir un replanteamiento sobre las violencias, y una trayectoria de alianzas políticas posibles y sus actores.
Desde el inicio del feminismo, se acuñó el término de sororidad como una experiencia moral de unión entre las mujeres. Sin embargo, a estas alturas, no solamente se tiene la experiencia moral como déficit o inexistencia, sino que, además, se transformó en una exigencia que la contraparte no cumple, entre otras cosas, porque el campo de legitimación y reconocimiento, de participación e inserción política se amplio más allá de las mujeres. Los Gays, los Queens, los trans, etc., no practican la sororidad a la hora de llegar acuerdos políticos con las mujeres por la inclusión. Y, el espacio de liderazgos de las mujeres, se hace estrecho lo que dificulta la relación y el trato entre mujeres.
Por lo mismo, estas cuestiones deberían ser definidas en pro de recuperar el universalismo humanista.
Bibliografía
1.- Gramsci,
Antonio, 1967: La formación de los intelectuales, editorial Grijalbo México.
2.- Giddens,
Anthony: 2000: A Terceira Vía Editorial Record Sao Paulo Brazil
3.- Levitsky y
Ziblatt, 2018: Como mueren las democracias Editorial Planeta Stgo Chile
4.- Neiman,
Susan, 2024: Izquierda no es Woke Penguim Random House Stgo Chile
5.- Titelman
Noam, 2023: La Nueva Izquierda Chilena Editorial Planeta Santiago Chile
6.- Varoufakis,
Yanis, 2023: Tecno Feudalismo Editorial Planeta Stgo Chile

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