Es extraño el estado de ánimo y sobre todo la visión
de mundo que se han presentado ante la opinión pública en el último tiempo en
Chile. Se trata del caso Macaya y al caso Amor. Ambas familias, que, por
diferentes motivos, y en diferentes espacios de la política, resultan envueltas
en problemas de alta tensión. Ambas, por constituirse en el ámbito de abusos y
violaciones a los derechos humanos.
Los datos de las situaciones que se analizan se
vuelven a posicionar en un espacio relativo a la moral, y por consiguiente en
las coordenadas de lo que se conceptualiza como negacionismo desde el punto de
vista de su funcionamiento, sea dispositivo de discernimiento, visión de mundo,
y construcción de ordenamiento social. Hasta construcción de sentidos de
gobernanza.
Los caminos a los que se llega al negacionismo de algún
modo son parecidos. Tanto Macaya hijo como Amor hija, buscan defender a sus
respectivos padres, figuras paternas, padres de familia, hombres,
heterosexuales, representantes de un orden simbólico, referentes de un
ordenamiento social y de una cultura.
En ambos procesos, tanto el hijo como la hija, al
defender a sus padres de hechos que están en la justicia, fidelizan su
capacidad de razonamiento debido al vínculo paternal, y al hacerlo, sueltan el
discernimiento, la autonomía de juicio, y lo peor, con ello, vacían de la
construcción del juicio moral propio a la de la ciudadanía adulta y democrática.
Y, por cierto, en general a la ética del bienestar comunitario que debería auto
sustentar la comunidad política en general en términos del marco o referente de
conversaciones.
Por lo mismo, la declaración con una visión certera, experta,
y sabia de la psiquiatra socialista Fanny Pollarolo titulada "la profundidad
de la herida" es aclaradora en el sentido que focaliza y centra, delimita
lo que está en juego, respecto Isabel apellidada Amor al igual que su padre en
relación con el ocaso de un nombramiento para ocupar un cargo público. Y, que afecta
a la sociedad chilena en su conjunto.
Ahora, es a partir de la reflexión sobre los contenidos de los trechos de entrevistas de la ciudadana en comento, y las declaraciones de exigencia de reparación moral, que surge inevitablemente la comparación con lo ocurrido con el padre e hijo Macaya. Y, en este sentido, lo que más llama la atención posterior a la aclaración en las respuestas de ambos es el filtro que opera ante las entrevistas, la ambiguedad del descentramiento y la relativización del lenguaje para afirmar e identificar la presencia del "mal".
Ambos "creen" en lo que sus padres les dicen, y hacen de
esas voces, una defensa, en democracia, de hechos delictivos. En el efecto,
reiteran la "desconsideración de la víctima" de manera directa o de
manera indirecta. Y, constituyen la reiteración de la violación y el abuso
incluso del derecho a la memoria y a la verdad.
Es complejo, presentar el antecedente de la entrevista
psicológica realizada para obtener el cargo en el caso de Isabel Amor, y
judicial en el caso del senador Macaya ya que se supone que ambas entrevistas “debieran”
preservar la privacidad y confidencialidad propia a la situación.
La primera en tanto entrevista de selección de
personal de parte de una empresa / consultora privada para el Estado y gobierno
de Chile, en la alta dirección pública; y el segundo en tanto que testigo
favorable al acusado por caso de abuso en proceso ante el poder judicial.
En ambos casos, a posteriori lo que se observa es que se buscó "blanquear" el delito, el abuso, la violación del derecho humano cometido por la figura paterna. Personalmente, no supongo la intencionalidad o la mala fe en las omisiones del juicio moral, o si se prefiere en la defensa que hacen ambos, hijo e hija, de los delitos de sus padres. Es decir del “blanqueo de memoria” que deriva en la constitución del negacionismo en ambos casos. A partir de la lectura de Pollarolo sobre el caso Amor, y la propia reflexión sobre Macaya, lo que interesa presentar es la derivación ética sobre el estado de nuestros “lapsus” en la inacción.
En efecto, ambas cuestiones siguen siendo de interés
nacional, precisamente porque sirven de base, para pensarlas, ambas, desde una manera y perspectiva civilizatoria. Mientras, lo único que se
advierte es la inmadurez, los inevitables enclaves de insensatez, falta de
historia de Chile, falta de conciencia. Ante los cuales, solo queda apelar al
"valor".
En el caso de la hija Amor, una cierta narrativa política
hace una defensa que se parapeta en una suerte de egocentrismo victimizado al
punto, que la ciudadanía tiene derecho a preguntarse: ¿cómo es posible que en
pleno siglo XXI en una democracia que ya se la quisieran los chinos, los rusos,
los ucranianos, los venezolanos, los israelíes,
los palestinos, etc., existan mujeres adultas jóvenes que salgan a
detener el normal avance de las conversaciones políticas, con tamaños apoyos
comunicacionales?
En el caso de Macaya, tuvo que renunciar a la
presidencia de su partido, a la vocería del mismo, y se le bajó el perfil a la
discusión pública sobre su función senatorial.
Contexto Reflexivo
Piaget, Erickson y Guilligan ya desde la mitad del
siglo pasado y a comienzos de este siglo XXI inauguraron estudios sobre la
construcción del discernimiento moral por etapas en los seres humanos.
Guilligan incluso en la Voz Diferente, especificó con ejemplos el modo como las
mujeres y el género expresaban y ejercitaban la moral.
Específicamente en Chile, el currículo de filosofía y
psicología de los adolescentes de tercero y cuarto medio desde los años noventa
en adelante contemplaba la enseñanza de las etapas de desarrollo moral, tanto
las de Piaget como las de Erickson. En ambas propuestas, se consigna por cierto
que el joven adulto, pasado los 18 años es capaz de discernir el comportamiento
abusivo. Y la ley contempló por tanto incluso el discernimiento pasado los 16
años.
Es más, en las etapas de desarrollo moral definidas
por Erickson que es más amplia, se consignan características más relevantes que
deberían llevar al joven adulto hacia el altruismo moral, sobre el cual se
instituye la sociedad de manera estable. La edad de los jóvenes adultos estirando
la cuerda se ubicaría hasta los 35 -37 años de edad.
Posteriormente y al inicio de este siglo, en la
enseñanza universitaria, los módulos de Ética, Valoración y Sociedad, y de Responsabilidad
Social en todas las mallas curriculares de todas las graduaciones, es decir en
estudiantes de entre 19 y 22 años, se buscaba en la reiteración, poner el
refuerzo en la construcción de los mínimos éticos ciudadanos propuesto por
Adela Cortina, y en la experiencia moral (Humberto Giannini) como capacidad y
ejercicio cotidiano de valorar lo bueno y lo malo, y de aprender a ponderar en
la esfera laboral la necesaria colocación de límite cuando los hechos, situaciones,
casos lo requieran.
En efecto, desde un cierto punto de vista, fidelizar
la capacidad de razonamiento se vincula a la etapa del desarrollo moral que no debiera darse en la etapa adulta según Erickson, Guilligan, Piaget. Y, en términos
generales, todos los discursos y narrativas político sociales parten del
supuesto habermasiano de existencia de deliberación en las comunicaciones: las
cuales se dan entre pares. Y he aquí entonces que, transcurrido el primer
cuarto del siglo XXI, constatamos que no es ese el nivel en que se circunscribe
la conversación política que se vehicula en la opinión pública, en los medios
de comunicación.
¿Qué ha sucedido desde entonces que nos encontramos
con dos casos en lo que va el año, en los cuales el discernimiento de un hijo e
hija “adulto y joven adulto” se suspende, se bloquea, se niega por la
construcción de una suerte de “fidelización del discernimiento y del juicio
moral”?
Al punto esto ocurre que, caemos redondo o redonda en conversaciones pifiadas, con este tipo de entretelones, en las cuales la psicología de las entrevistas especializadas "guatean" por "déficit", "error", "corte y confección de perfil adecuado" para ajuste o encaje a la legalidad vigente. Cabe preguntarse en concreto: ¿Qué pasó con los filtros a la entrevista en profundidad que debieron ser realizados por la psicóloga y/o psicólogo en tres sesiones en el caso de Isabel Amor? Estamos hablando de un sistema de expertos que opera como aval de consultoría privada pagada por el Estado para proporcionar a “los y las mejores”. Estamos hablando de entrevistas donde la profesional se niega a afirmar, confirmar un delito. Se trata de una dulta joven que "no sabe como hablar del hecho". La vaguedad, la imprecisión para delimitar la falta, conduce al relativismo y ambiguedad moral.
Todo ello ocurre porque efectivamente, y no es un detalle
menor, que los hijos e hijas pasada cierta edad joven adulta, al parecer no tienen juicio
moral sobre las acciones y comportamientos de sus padres. Y, no es un detalle
menor que en estos casos, lo hagan en la defensa de una visión política
autoritaria, y no democrática. Por cierto, para el feminismo, no es un detalle menor, que la
defensa se haga en orden a en última instancia reivindicar el orden de la
jerarquía patriarcal de las familias.
Por lo mismo, desde el punto de vista de la ética
ciudadana, de la ética normativa, lo que está en juego es la construcción de
criterios comprensibles no solamente para uso de los expertos, a la política y
a las profesiones, sino también para el necesario autocuidado.
Es cierto que la fidelización ha sido elaborada en la
economía como trato a lograr hacia los clientes. Es cierto también que al
sostener a la base un vínculo de fe, en términos generales, hay una aceptación de
la palabra, en este caso del otro, que no se cuestiona, aunque por la edad, se
apelaría a que al menos a nivel introspectivo se diera una cierta elaboración
como sentimiento crítico. Sin embargo, la fe, y el carácter de la fidelización,
cuando se refiere a creencias, que justifican un orden religioso, suelen
mantenerse sin elaboración racional dentro de cada individuo. Por lo mismo, al
parecer surgen en la acción, como un padrón de normalización de
comportamientos, propios a un autoritarismo que en su resabio se adecua a la
banalización del mal.
En este sentido último, desde el punto de vista de la
memoria, se plantea como exigencia analítica, la elaboración del mal. En
verdad, la obediencia al interior de ciertos grupos e instituciones tiene,
entrega por educación, socialización, sesgos en los sujetos que no se adecuan a
las democracias complejas.

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